29 Octubre 2017. Canal de Catalina, primera parte.

El 29 de Octubre a las 22:32 hrs. empecé a nadar para intentar cruzar a nado el Canal de Catalina. En línea recta son más de 34 kilómetros.

Aunque quiero escribir lo que sentí creo que no hay manera… trataré.

Lo malo es que empiezo a olvidar.

¿Olvidar?

Si, bueno; el hecho no lo olvidaré nunca, pero los detalles… me temo que van desapareciendo muy pronto. Ni siquiera me acuerdo bien de todo lo que sucedió ¡y fue apenas hace una semana! Cuando nadas tanto tiempo pierdes noción de muchas cosas. Además de que los pensamientos van y vienen, es difícil recordar todo lo qué pasa por la mente durante más de 10 horas. Creo que hay algo más y es que todo es tan igual que es casi imposible -para mí por lo menos- mantener un hilo claro de sucesos. ¿Has manejado o has andado en bici 10 horas seguidas? Seguramente no podrías recordar cada momento, cada pensamiento. Probablemente manejando o andando en bici hay muchos distractores que hacen diferencias que puedes recordar después: puedes oír música, el paisaje va cambiando, el camino también… incluso tienes que estar atento. Hay subidas, hay bajadas, hay curvas, hoyos y a lo mejor hasta semáforos y topes. También hay otros coches y camiones -u otras bicicletas-. Vas haciendo lo mismo todo el tiempo, concentrado en lo que estás haciendo pero a la vez atendiendo lo que sucede a tu alrededor. Una sola cosa que está requiriendo tu completa atención y esfuerzo pero a la vez estás en muchas más.

Nadando es muy parecido pero ciertamente muy diferente: ¡es increíble!

¿No te aburres?

Me preguntan esto muy seguido. ¿Crees que sea aburrido? Imagínate, vas nadando sin parar ni un instante, solo nadando:

brazada-brazada-brazada-respiro,

brazada-brazada-brazada-respiro,

brazada-brazada-brazada-respiro,

brazada-brazada-brazada-respiro…

Sin parar. Horas.

Una brazada tras otra, una respiración tras otra, suavemente, deslizando en el agua lo más eficientemente que puedas, a un ritmo constante de unas 60 brazadas por minuto. Vas ensimismado en tus pensamientos, no hay de otra, vas solo, contigo, con tu mente, con tus ángeles y tus demonios. ¿Que tienes dentro? Va a salir, tarde o temprano te vas a enfrentar a ellos si quieres seguir.

Nunca nades solo en el mar.

En un nado como este ¡No vas solo!

Vas acompañado de un increíble grupo de personas que te cuidan y apoyan tu nado. Algunos son voluntarios y otros, la mayoría, están trabajando. He oído a muy pocas personas decir una verdad incómoda de la natación de aguas abiertas de este tipo: es un deporte egoísta. Un nadador apoyado -está vez por lo menos- por 12 personas directamente y decenas que indirectamente lo hacen con sus porras y pensamientos.

¿Cómo funciona un nado como este? A grandes rasgos: tomo un abastecimiento cada 30 minutos a partir de la primera hora y… nado.

La comida.

Los abastecimientos son muy puntuales: a los :00 y :30 minutos de cada hora exactamente. No son siempre lo mismo pero son tan parecidos que a veces ni siquiera recuerdo bien si el penúltimo fue Hammer o Gatorade con gel (las 2 opciones del menú que preparamos para este cruce). Incluso a veces empiezo a tomarlo y hasta tengo que preguntar al del kayak si me dió la botella llena o con la mitad. Cada ánfora de 700 mL. tiene dos tomas así que en cada parada tomo media botella. El abastecimiento dura apenas unos segundos, idealmente menos de 1 minuto y sigo nadando. Apenas es suficiente para tomar rápidamente el líquido, intercambiar algunas palabras con el kayakero y los del barco y seguir nadando.

El orden que sigo es: 2 abastecimientos de una medida de Hammer Perpetuem (35g.) disuelta en 350 ml. de agua y después uno de 350 ml. de Gatorade con un gel (Hammer o Fuel2Go) disuelto. Los abastecimientos son cada 30 minutos, por lo que en total cada hora y media tomo: 700 ml. de agua, 350 ml. de Gatorade, 70 gramos de Hammer Perpetuem y un gel. Así consecutivamente por más de 10 horas. De vez en cuando y según se me antoja, puedo pedir más opciones, ¡como si fuera buffet! Plátano, papas o dátiles . Esta vez nunca pedí dátiles, pero papás y plátano si, quizás unas 8 veces.

En 11 horas y 22 minutos hice 20 paradas de abastecimiento; empezando la primera a la hora y de ahí una cada 30 minutos. Si no son breves, parece poco, pero pueden extender el nado significativamente. Por ejemplo, si cada una dura 60 segundos, en total serían 20 minutos; pero es fácil pasarse a 1:30 minutos, y algo tan simple aumentaría más de 10 minutos el tiempo total. Por eso, además de no enfriarme y perder ritmo, es importante hacerlos rápidamente; ¡no son descansos!

La compañía.

Las muchas personas que acompañaron este nado son:

Rodrigo, el jefe del crew, el crew, compañero de vida, apoyo, pacer, etc., etc., etc! Gracias!

Mis papás, que pensaban acompañarnos  en el viaje pero no en el barco. Cuál sería su sorpresa que de último momento los invitamos a quedarse en el barco. La idea original es que nos despedían y esperaban en tierra al regreso, me daba miedo que la pasaran mal -ya están mayorcitos– pero el barco estaba amplio y “cómodo”… y ya estaban ahí, así que, ¡bienvenidos!

Observadores Dan Simonelli y Roxane Hipólito, de parte de la Federación CCSF para observar y certificar el cruce y que cumpla las reglas ¡los policías, pues!

Kayakeros Dawn Brooks y Russell Kenny. Se turnan cada 3 horas para kayakear al lado del nadador y darle de “comer” cada 30 minutos. El barco va a mi izquierda y el kayak a mi derecha. Todo el tiempo se siente uno bastante observado y cuidado por los lados… abajo es otra historia; el inmenso mar, negro-negro de noche y azul grisáceo de día. Profundo, muy profundo, tanto, que a veces intimida. Afortunadamente no vi nada remotamente parecido a un escualo.

Capitán y su equipo (4 en total). El capitán David Harvey y el barco: Pacific Star.

Un invitado, Jōbin Gharakhani, que pensaba nadar el Canal a finales de noviembre y me pidió Dan (el observador, que es su coach) si podía ir en el barco para ver cómo era todo. Amable y buena gente, de ascendencia Hindú. Desafortunadamente para él, se mareó y vomitó varias veces durante el trayecto. Pobre. Nadando ni me enteré, me platicaron después. Cuando acabamos me dijo que estaba pensando mejor nadarlo el próximo año. Ánimo Jōbin, ¡tú puedes!

La logística.

La cita era a las 19:00 horas en el muelle de la calle 22. Las instrucciones son pocas y el contacto con el capitán escaso y difícil porque se la pasa en alta mar con buzos -su barco es un “live aboard”- y se van por días o semanas y no tiene señal celular. Por lo tanto, una vez confirmada la fecha y hora del nado hace más de mes y medio, casi no tuve contacto con él.

El hotel donde nos hospedamos estaba muy cerca, así que salimos poco antes de las 7 pm y llegamos al muelle 7 en punto. No había nada a la vista que indicara a dónde ir o con quién dirigirse. Es una marina grande y hay cientos de barcos; en la puerta del muelle había unas personas preparando cañas de pescar que ni voltearon cuando llegué. Estaba ya oscuro y no había nada ahí salvo una tienda de pesca y buceo. En el mostrador pregunté donde estaba el Pacific Star y el cajero me respondió casi sin voltear: “camina por el muelle hasta casi el final, por ahí debe estar.” En ese momento caí en cuenta que para ellos es un día común y están en su ambiente normal. Para mí es un día muy especial para el que llevo preparándome más de un año. Dudo que notara que estoy hecho un manojo de nervios y emoción. Casi quería que el capitán del barco hubiera estado esperándonos en la entrada del muelle, con una gran sonrisa y sus mejores deseos para el nado, sin embargo en ese momento caigo en cuenta que es algo muy importante solo para mi y para quienes van conmigo y quienes nos apoyan. Para todos los demás no.

El terror.

Llegué al Pacific Star por un muelle serpenteante, leyendo los nombres de los barcos. Algunos nombres me son familiares porque también llevan a nadadores y estaban en listados en la página web de la CCSF: Bottom Scratcher, Magician… de pronto llego al Pacific Star. Ahí tampoco está sonriente el capitán esperando mi llegada. De hecho subo al barco y veo a tres personas y uno de ellos me pregunta: -“Carlos?”.

-“Si”, respondo.

Me señala a quien estaba sentado en la esquina y dice: “He is Russell”.

Trato de recordar quien es Russel, pero me distraigo porque enseguida me dice algo que me deja helado, me saca de onda y me enoja al mismo tiempo:

-“Tengo un compromiso muy importante a las 18:30 hrs. en Malibu y está a dos horas de aquí, así que tenemos que estar de vuelta aquí, mañana, a más tardar a las 16:30 horas. Si no terminas tu nado a tiempo para eso, te tendré que sacar.”

¿Queee? ¿Entendí bien? ¿Está cancelando el nado? ¡¿Que no ve que venimos desde México solo a esto; con mucho esfuerzo, sueños, entrenamiento, mucho gasto y… esa es su bienvenida?! ¿Qué pasa aquí?

En ese momento odié al capitán, al tal Russell que estaba sentado en la esquina y que en ese momento recordé que era un kayakista.

-“¿Que me estás diciendo entonces? ¿Que no voy a poder nadar, que lo pospones, que cancelas o que?”

-“Lo único que estoy diciendo es que si para la hora en que tenemos que volver para estar aquí a las 16:30 hrs no has terminado, te voy a tener que sacar del agua.” “Son 20 millas, ¿si lo sabes, verdad?”

-“En realidad son 21”, dije. Queriendo demostrar que bien sabía a lo que vengo. Su comentario de “son 20 millas” me sonó a “no creo que sepas en lo que te estás metiendo”.

“Idiota”, pensé, “a ver quien me saca del agua”.

Volteó a ver un reloj que estaba en la pared. Seguí su mirada al reloj y vi que ya eran 19:20 hrs.

-“¿Estas diciéndome esto como si hubiéramos llegado tarde?”, le pregunté.

-“No, estamos a tiempo, sólo tenemos que salir pronto.”

El plan era salir a las 20:00 horas del muelle, navegar hacia Catalina y empezar a nadar aproximadamente a las 23:00 horas. En ese momento me dijo que eran 2 horas y 15 minutos hasta la isla, por lo que ahí podíamos ganar otro poco de tiempo. Hice unas cuentas en mi mente. Habíamos calculado que el nado me tomaría unas 14 horas. Es lo que ya le había indicado al capitán que estimaba hacer, cuando me preguntó, cuando lo contraté. Si salimos pronto y me preparo antes de llegar, podría incluso empezar a nadar antes de las 23:00. Si logro terminar en 14 horas, estaríamos terminando antes de la 1 de la tarde. En el peor de los casos hasta podría tardarme un poco más, podría tardar nadando hasta 17 horas y estaría llegando a las 16:00 hrs. ¡No he pensado jamás que podría tener que nadar 17 horas para este cruce! ¿Entonces no hay problema? ¡Que estrés! A partir de este momento a moverse rápido y sin perder tiempo; no es lo que esperaba pero creo que todo puede salir bien.

-“¿Cómo están las condiciones?”, pregunté.

-“Muy bien y entre más pronto salgamos, más probabilidades hay de que sigan bien.”

-“Pues vámonos!”, dije. “¿Sabes algo de los observadores?”

-“No se nada, ellos están con la Federación, no con nosotros.” me dijo en un tono que demostraba con toda intención no quería involucrarse en nada. “Creo que viene Dan Simonelli, ¿verdad? El tiene reputación de ser puntual. Va a llegar a las 7:30.”

A moverse entonces. Con enojo y prisa salí del barco para regresar a buscar a mis papás y a Rodrigo que se habían quedado para estacionar el coche. Lo último que me faltaba en ese momento: ahora estaba enojado y nervioso. ¿Saldrá todo bien?

Hacia la isla.

Saliendo hacia la isla de Catalina

Para el trayecto a la isla nos piden firmar una hoja responsiva y dan las instrucciones de seguridad del barco. Todos juntos en el área amplia que sirve de comedor, cocina y estar escuchamos a alguien del equipo indicarnos donde están los salvavidas, los baños, las camas, las balsas de emergencia y demás pormenores. En cuanto terminó, sacaron los snacks: fruta, galletas, jugo y cereales. Al lado de la barra hay agua y café. El barco va avanzando lentamente para salir de la Marina.

Dan Simonelli explainsEn seguida Dan Simonelli, el primer observador, toma la palabra para leer las reglas del nado. Aquellas que dicen que el nadador no debe ser tocado ni ayudado por nada ni nadie, sobre la vestimenta permitida (solo traje simple, gorra delgada y goggles), como se toma en cuenta el inicio y el final del nado y algunas otras más. Listo, pasadas las instrucciones el barco aceleró hacia Catalina.

Teníamos dos horas por delante. Tenía ganas de descansar, de comer, de tomar café, de platicar, ¡de hacer todo lo que pudiera! Como si esas dos horas pudieran extenderse haciendo muchas cosas. Al final decidí servirme un café, solo por los nervios, porqué bien sabía que es mejor hidratarme bien con agua y Fizz, me comí una galleta y decidimos explicar el plan de abastecimiento a los kayakistas para después poder descansar y -ojalá- dormir un poco. Rodrigo y yo les explicamos como estaban las botellas y cada cuánto debían darlas. Después de eso Roxanne me pidió copia de mi certificado médico y del plan del nado: “Plan your swim, swim your plan”. Terminado todo me comí un plátano platiqué un poco y me fui a acostar. El barco abajo tiene literas, muchas literas. Hay como pequeños camarotes a los lados con hileras de 3 literas de alto, no conté, pero quizás hay unas 20 o 30 literas. Me acosté en una y traté de dormir; creo que lo logré unos minutos. Como sea estar acostado una hora me ayudó a descansar. Rodrigo también se acostó un rato en la litera de arriba.

¿Listos?

A las 21:45 horas escuché un aviso por los altavoces diciendo que estamos a 30 minutos de llegar. Me incorporé un poco soñoliento y pensé: “Llegó la hora. Ahora sí, a nadar.”

IMG_20171029_205043

Le dije a Rodrigo que iba al baño y que lo vería arriba para prepararme. Subí y ahí estaban todos los demás preparándose también. Los kayakistas preparando su ropa y remos. Los observadores con papeles en la mano. Mis papás atentos. Fui a las mochilas y saqué el tracker GPS para colocarlo y encenderlo. Es un aparatito que manda la ubicación para que quien tenga una liga pueda seguir la ubicación por internet. Lo enganché en la orilla de la cubierta y entré, listo para prepararme.

Me quite playera, pantalones y tenis para quedar solo con el traje de baño y pedí a Rodrigo me pusiera bloqueador y vaselina. Nos estábamos acercando a la isla. En la oscuridad de la noche ya se podía ver una sombra negra que salía del agua -también negra- y que contrastaba ligeramente sobre el cielo… negro. Lejos de la luz artificial de la ciudad y en mar abierto, la noche es muy oscura.

En la popa del barco, mientras Rodrigo me ponía Vaselina por todas las partes que pudieran rozarme por el agua salada, me daban instrucciones los observadores y kayakistas de cómo era la playa de donde saldría, que había rocas antes de llegar y que tendría que nadar muy por encima.

Una vez terminamos y llegamos, el barco se acomodó y el capitán me llamó, tomó una linterna muy potente y me señaló con el haz de luz, la playa.  Estábamos como a unos 200-300 metros de distancia y a lo lejos, en la oscuridad, alcancé a distinguirla. Se veía fría, sola y tétrica. En eso, lanzan un kayak al agua, lo jalan y se comienza a subir Dawn en él.

Por mi lado, nervioso y emocionado, me pongo la gorra y goggles y me despido de los del barco por unas muchas horas. Es un momento increíble; una mezcla de sensaciones como pocas veces puede uno sentir: dan ganas de llorar, de gritar, de correr pero solo puedo mantenerme sereno y moverme lentamente hacia atrás para prepararme y entrar al agua. El aire está fresco, la noche despejada y oscura, la energía la siento viva, esperanzada, amigable y nerviosa. Me ofrece su brazo alguien del barco, lo tomo y camino con cuidado por la plataforma de aluminio que tiene atrás el barco, como si estuviera subiéndome a la plancha de un barco pirata, nervioso y callado, listo para dejar el barco por muchas muchas horas.

Por fin siento el agua con los pies. Está fría. Lo esperaba por supuesto. Se que puedo aguantarla bien, estoy preparado para eso. También se que en algún momento me va a dar frío pero que ahora seguramente voy a sentirla perfectamente soportable. Me zambullo de panza. Uff, ok, no pasa nada, puedo respirar bien.

Ya he estado aquí y puedo mantener el control, la respiración y la mente en orden. Para eso he entrenado tanto, para estar aquí y ahora.

Nado lentamente junto al kayak hacia la isla. De pronto mi brazo toca una roca, puedo verla, están iluminando desde el barco. Me dijeron que las habría, que tuviera cuidado. Le pego con los pies, con los dos, me raspo, me arde. Creo que me corté. Espero no me vaya a doler mucho pero no puedo hacer nada. Me llama Dawn, que nade mas a la derecha, más cerca de ella porque ahí las rocas están un poco más profundas. Voy hacia ella pero también hay rocas, me rasguño la mano; ahora me arde también.

Por fin paso las rocas, veo guijarros en el fondo pero ya no son filosos. Ahora sí puedo nadar mejor hacia la orilla. Ahora sí estoy por llegar. ¡Ya va a empezar el nado!

Me pongo de pie y camino sobre las piedritas con las piernas aún en el agua. Salgo del agua y camino hasta donde no me tocan las pequeñas olas. A lo lejos, muy lejos, veo el resplandor de Long Beach. “Hacia allá voy”, pienso. Recuerdo que tengo que subir el brazo -lo subo- y que cuando lo baje voy a dar la señal de inicio. Cierro los ojos. Me tiembla la boca, quiero llorar de emoción y nervios, doy unos pasos. Abro los ojos. Respiro profundo, veo al kayak y al frente, camino -estoy muy nervioso y muy feliz- bajo el brazo y pienso: “Gracias a todos los que están ahí enfrente. Gracias vida por permitirme estar aquí, por este momento. Por favor dame fuerza hasta el final. Querido mar, por favor llévame con bien.” Y empiezo a nadar…

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