Close call. 

Hoy volví a nacer en Puerto Escondido. 

Lo fuerte no es el rasguño. Es cómo me lo hice. Es el mínimo espacio entre la vida y… el casco de un yate. 

Hoy usé una vida: unos cuantos centímetros o un segundo de diferencia, y no la cuento.

El rasguño me lo hizo el casco de un yate que pasó planeando encima de mí mientras yo nadaba.

El capitán no vio mi boya. O venía distraído o me convertí en una boya Invisible: si el yate viene a alta velocidad, la proa del barco sube y el capitán pierde visibilidad de lo que tiene enfrente. Mi boya, por más naranja y grande que sea, puede haber quedado oculta en el «valle» de una ola. 

Me volví invisible. Que solo tenga unos rasguños es un milagro.

El mar se movía fuerte y había viento. El acantilado y el morro los sentía amenazadoramente cerca y por eso cuidé la distancia. No quería que las olas me empujaran contra las rocas. 

Al voltear para respirar por derecha -en un instante que pareció durar una eternidad- vi una masa enorme.

No lejos. 

No viniendo hacia mí. 

Literalmente encima de mí. 

Casi alcancé a distinguir los pliegues del fondo del casco que venía navegando a alta velocidad. 

Mi reflejo instantáneo fue hacerme bolita. En milisegundos el único pensamiento que pasó por mi mente fue sumir la cabeza para evitar que el casco o la hélice golpearan mi cráneo. 

Sentí el casco rasguñando mi espalda. 

Ese rasguño es la presencia de la muerte que hoy decidió no firmar sentencia.

Hoy no solo celebro el amor y la historia de 28 años con Rodrigo. Celebro la vida y seguir aquí. 

Aprendizaje:

Compartes el espacio con botes que no tienen freno y capitanes que no buscan nadadores entre las olas. Puedes ser una boya invisible. No basta con saber nadar, hay que ser imposible de ignorar. 

El mar no perdona errores.

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