6 de septiembre. 22:55 hrs.
Playa Shakespeare, Dover, Inglaterra.

Salgo del mar en el frío y oscuridad de la noche que inició hace apenas unas horas y me pongo de pie lentamente. Nadé unos 200 metros pues hace apenas un momento brinqué al mar desde el barco y nadé hacia esta playa. Es doloroso estar descalzo porque la playa es de guijarros. No importa, solo voy a estar aquí unos 60 segundos. Camino hasta que el agua no toque mis pies y volteo a mi alrededor, quiero grabar este momento en mi mente para siempre.

Estoy solo en la playa, no sé bien dónde (supe que era la playa Shakespeare hasta el día siguiente). A la izquierda veo un muro grande de piedra -un rompeolas-, atrás el resplandor amarillo de las luces de Dover. Enfrente, en el mar, a unos 200 metros, veo las luces del barco Sea Farer II del cual apenas brinqué y en la oscuridad creo que alcanzo a distinguir la silueta. Me imagino que desde ahí me observan con atención Rodrigo, Nora, Catherine, Simon y Josh. El cielo y el agua del mar están completamente negros. Apenas se ven algunas estrellas aunque me parece que no hay muchas nubes. La noche es silenciosa y tranquila.

A lo lejos, a más de 30 kilómetros de distancia, distingo otro muy tenue resplandor: Francia.

Estoy muy nervioso y muy emocionado, agradecido de poder estar aquí. Por mi mente pasan muchos pensamientos que van y vienen a gran velocidad: “hasta Francia”, “non stop [sin parar]”,  “fast feeds [comidas rápidas]”, “it’s only pain so keep swimming [solo es dolor así que sigue nadando]”, “nothing great is easy [nada grandioso es fácil]”, “estás listo”, “confía en ti”, “si me subo al barco todo terminó”, “estamos contigo”, “éxito”…

Estos pensamientos son sobre el reto que me trajo aquí, después de más de dos años de entrenamiento, nadar de Inglaterra a Francia: cruzar a nado El Canal de La Mancha.

Sé que no es un reto fácil. Es más, aún aquí parado temo no lograrlo. Es uno de mis miedos: “¿que pasa si después de tanto entrenamiento, de tanta energía, esfuerzo y ganas que he dedicado a este proyecto -a este sueño-, después de todo el apoyo y energía que tanta gente me ha brindado, con todos los buenos deseos y energía positiva que he recibido, después de todo lo que he hecho, planeado, organizado, imaginado y soñado, no puedo terminar?”.

7 de cada diez personas que lo intentan no lo logran. ¿Por qué? No me pregunto qué les sucede después -seguramente no les pasa nada, solo regresan a su casa probablemente algo frustrados y listo. Me pregunto qué les sucede durante el nado que no terminan. Todos quienes llegan a estar aquí, en esta playa rocosa y fría donde estoy parado, deben haber entrenado mucho. No es un reto que se te ocurra y hagas de pronto. Es más, simplemente para poder conseguir un piloto y barco escolta necesitas reservarlo con meses o incluso años de anticipación y además cumplir con un examen médico y comprobar tu capacidad de nadar en condiciones similares por más de 6 horas, así que estar aquí es parte de un plan de mucho tiempo y esfuerzo para cualquiera. Nadie puede sorprenderse de que el agua está muy fría, de qué hay aguamalas, de que hay corrientes muy fuertes que cambian cada 6 horas, de que se requieren horas de nado continuo para lograrlo, de que las condiciones climatológicas pueden ponerse difíciles; todas estas variables son las que hacen que lograrlo sea prácticamente una hazaña. También son las que hacen que la tasa de éxito sea de aproximadamente un 30%.

Esto y más está en mi mente en este momento en que estoy de pie en la playa Shakespeare a punto de intentar nadar, por mi propio “gusto”, seguramente más de 14 horas, hasta Francia. Sé que tengo que superar esas nada inspiradoras condiciones para lograr ponerme de pie en la costa Francesa sin tocar nada ni a nadie en el camino.

De pronto escucho el bocinazo de inicio.

La bocina del barco suena largo y profundo. Me indica que puedo empezar a nadar. Creo oír un grito: “corre”, que no sé si me lo imaginé o lo escuché, pero pienso: “¿Que prisa tengo?” y camino lentamente a la orilla del agua. Llegó la hora.

Agradezco estar aquí. Pido permiso al mar. Agradezco a todos quienes me han acompañado el hermoso camino que nos trajo hasta acá. Volteo a ver el cielo y al horizonte, quiero llorar de la emoción.

Y empiezo a nadar…

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