El sábado nadé 10 horas seguidas en el río de Las Estacas. ¡10 HORAS! Casi ni lo puedo creer.

Es increíble cómo entré en una dimensión -paralela- donde el tiempo y las cosas transcurren de una manera distinta a la habitual y al de las demás personas. Aunque tenía plena conciencia del tiempo que pasaba (llevo un reloj que mide  el tiempo, distancia, brazadas… y pronto supe que estaba haciendo 21 a 22 minutos en cada kilómetro de “subida” -río arriba- y 13 a 14 minutos río abajo) porque al nadar en un circuito no hay mayores cambios y sabía que cada vuelta me tomaba aproximadamente 35 minutos; una vez en el agua lo que pasa afuera ya no lo entendía de forma normal.  Simplemente saber que vas a empezar a nadar temprano en la mañana y vas a terminar al final de la tarde cambia completamente la perspectiva de lo que será ese día. Lo que pasa dentro de uno mismo es increíble. ¡Imagínate la cantidad de pensamientos que pasan por la mente cuando nadas 10 horas seguidas!

Empecé casi como en cualquier otro nado, solo que nervioso. Llegamos poco después de las 8 a Las Estacas, me bajé del coche y fui hacia la escalera que está al final del río. Rodrigo y Daniel, el chofer, se fueron enseguida porque Rodrigo iba a rodar 6 hrs. Un buen de tiempo también.

Llegué a la orilla, vi a el “Gallo” metiéndose al agua y a su novia y dos amigas en la orilla viendo como empezaba y con ganas de irse a desayunar. Él iba nadar 6 hrs. No tardé mucho en dejar mis cosas en la orilla, mi “abastecimiento”, me quité el short y playera, me puse bloqueador hasta donde pude y le pedí a una amiga de la novia del Gallo si me ayudaba a ponerme en la espalda. Me ajusté la gorra y los goggles, me despedí de ellas y… me metí a nadar. 10 horas.

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